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Loathsome Water

Tres días seguidos duró su estado de embriaguez, los mismos que llevaba distraído pensando aún en el calor húmedo de las lloviznas de ese verano, las briznas de ceniza que produce la caña quemada y en las trazas de hollín que manchaban en el fresco vestido de florecillas de la muchacha con la que aún no había tenido el gusto de coincidir. Tres veces había buscado ya sin éxito (en su pantalón, en su camisa y en su billetera) la llave del portón de la casa donde se suponía que pasaría la noche. Ahora tendría que encontrar otro lugar para disimular la soledad durante el resto de la tarde, pero ya sin la excusa de un televisor en un cuarto sin ventanas y del ruido de un viejo ventilador de techo. Tres palomas de pocas plumas y una menuda hilera de hormigas monas lo acompañaron en la banca de concreto más sucia del parque, o por lo menos hasta las primeras gotas de tormenta de aquella tarde. Fue solo hasta entonces cuando recordó de nuevo los tallos ardientes de la caña, la viruta carboniza

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